El inspector

La noche se desarmaba entre las gotas gruesas que una tormenta había reservado para los minutos finales de inclemencia. Pocas personas caminaban en las calles oscuras de aquella estación de ómnibus. Me detuve para encender un cigarro sobre la barranca del parque y, a veinte metros de distancia, reconocí su cara.

Esencialmente, este buen hombre tenía el mismo aspecto que en la escuela secundaria. Iba con gestos distendidos y una gran sonrisa. Pero, sin embargo, este joven lucía la misma postura agresiva que llevaba el día en que nos vimos por última vez, hace -al menos- siete años.  En realidad, es la misma postura que la vida selló durante su triste infancia con algunos golpes severos.

-¡Eh! – le grité, consciente de que él siempre fue un hombre propenso a las borracheras de las ocho de la noche, y los combates callejeros de las 22 horas.

-¡Eh! – respondió, acercándose para ofrecer un sincero abrazo. Así que nos fundimos en ese lazo un poco superficial, y otro tanto real, que duró apenas veinte segundos.

-¿Cuánto tiempo pasó? – 

-Muchos años – dijo él. Y, entonces, entramos en las preguntas convencionales que se disparan dos personas cuando llevan casi una década sin conversar.

-¿Adónde estás trabajando? – quise saber.

-En el Ministerio de Trabajo. Sobre la avenida Alem. Soy inspector – respondió.

-¿Inspector? ¿El que clausura los locales? 

-Ese mismo. 


Inmediatamente – aún no puedo explicar el motivo- quise saber muchas cosas acerca del trabajo que mi viejo compañero de la escuela secundaria desarrollaba en las oscuras oficinas estatales y en las calles de Buenos Aires.

Él se mostraba extrañado pues su cerebro, muy acostumbrado ya a transitar galerías comerciales y recovecos clandestinos, no encontraba nada interesante en aquellas planillas insulsas. Mucho menos en las caminatas interminables.

Así que el inspector intentó evitar el tema y comenzó a explicarme por qué acababa de divorciarse. Más allá de los extraños motivos (que realmente no me interesaban), en un determinado momento dijo que había logrado construir una casa, y que esa casa ya estaba a nombre de su pequeña hija. Eso me pareció realmente admirable. Probablemente porque yo sólo tengo una motocicleta y, a duras penas, logro conciliar la paz en mi vida.

-¿Qué tal el trabajo? Contá algo más – pregunté .

-¿Qué querés que te cuente, boludo? Es una mierda. Me tengo que mover en transporte público. Te dan solo unas planillas del orto y una tablet que, prácticamente, ni funciona. Y con eso salís a inspeccionar. 

-¿Es tu único laburo? ¿O tenés otro? –

-Tengo otro. Ese sueldo no me alcanza para nada. 

-¿Muy bajo? 

-Normal. Pero disfruto de darme algunos gustos. Un viaje a Brasil. Tal vez unas camisas importadas. Nada de otro mundo – respondió él, mientras encendía el tercer cigarrillo de nuestro encuentro. No es que estuviera nervioso en ese momento, sino más bien que un inspector vive nervioso. La rutina los envuelve lentamente en los circuitos de la verificación, de las normas inquebrantables, de las multas que -en algunos casos- pueden llegar a tumbar emprendimientos comerciales.

-¿Vas con la policía? 

-Ojalá. 

-¿Y no te quieren romper la cara cuando clausurás locales? 

-Obviamente. 

-¿Y, entonces? ¿No les pegás? Vos siempre fuiste un muy buen boxeador en las borracheras de las ocho de la noche. 

-No puedo pegarles. Intento negociar. Si tienen cuatro empleados ‘en negro’, les ordeno que blanqueen a dos. Nunca llego con la intención directa de clausurar. Hay muchas personas que están en la cuerda floja y, si les rompés el culo, los arruinás para siempre. Dejan de comer. 

-Bueno…pero si quieren pegarte…tenés que meter una multa. 

-Intento no multarlos severamente, sino negociar. Porque si yo clausuro el local, no solamente deja de comer el dueño. Sus empleados también. No es la idea generar desempleo sino negociar para que los trabajadores, paulatinamente, vayan mejorando sus condiciones de trabajo.

-¿Y qué pasa si -por ejemplo- algún patrón se opone a la inspección? 

-Multa de cincuenta mil pesos. 

-¿Ya metiste alguna de esas? 

-Dos.

-¿Por qué?

-La primera, porque el dueño me quiso pegar, y la otra se la metí a un viejo…por prepotente. Les expliqué que yo no tenía intenciones de labrar una multa para que los destruya. Les expliqué que solamente quería realizar una inspección rutinaria. Pero, como me trataron mal, les perforé el ojete. 

-¿Te ofrecen sobornos? 

-Los del supermercado chino me muestran planillas en las que están anotados los nombres de mis compañeros del Ministerio de Trabajo…y al lado los montos de dinero. 

-¿Y qué le decís a los chinos? 

-Que son unos hijos de puta, buchones. Yo no acepto sobornos. Pero si ellos arreglaron con un inspector y pusieron la plata….¿para qué los delatan? 

-Tremendo. 

-Sí…por Florida y Lavalle no puedo aparecer más, por ejemplo. Es un trabajo bastante peligroso. 

-Me gustaría escribir un reportaje. 

-Nunca te daría un testimonio con mi nombre y apellido. 

-Lo puedo escribir igual. 

-Bueno, entonces escribí que estamos muy precarizados. Que este trabajo es una porquería – dijo el inspector que, luego, volvió a abrazarme afectivamente durante el limitado lapso de veinte segundos. Después, mientras agarraba mis hombros con ambas manos, miró fijamente mis ojos. Y, dirigió su mirada al casco de la motocicleta, que yo sostenía con la mano derecha.

-¿Vas en moto?  – preguntó

-Sí. 

-¿Tenés todos los papeles? – 

-No. 

-Tené cuidado. Si te llevás puesto a algún pelotudo te van a sacar dos departamentos. 

-…

-¿Tenés dos departamentos? – insistió el inspector.

-No – respondí.

-Entonces, mejor, movete en el tren o en el ómnibus. 

 

 

 

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